El libro se presenta solo, y lo hace en verso: «Pronto se domina la tablilla extraña, distinta de todas: / en ella se alinean los nombres de las cosas y los apellidos, / cada uno en su lugar y por su clase, sin mezclarse. / Son pocos los días que cuesta, y el gusto es verdadero; / pon en ello tu esfuerzo, y la alegría vendrá sin falta.» La «tablilla extraña» —gu (觚)— es la tabla de madera sobre la que el niño escribía. Pero al abrir la primera página, lo que encontraba no era una historia, sino un muro de nombres de personas: Song Yannian, Zheng Zifang, Wei Yishou, Shi Buchang, Zhou Qianqiu, Zhao Ruqing… y así hasta la línea «los nombres están dichos: hablad ahora de las cosas». La primera lección era memorizar nombres.
Primero, una retahíla de nombres
Los nombres no están puestos al azar. Yannian, «prolongar los años»; Yishou, «añadir vida»; Qianqiu, «mil otoños»; Wansui, «diez mil años»; Liqin, «beneficiar a los parientes»; Fengde, «guardar la virtud»; Xianliang, «virtuoso y bueno»; Fugui, «riqueza y rango»; Pengzu, el longevo de la tradición; Aijun, «amar al señor»; Xiaorang, «piedad y cortesía». Todos son buenos augurios. Los hay también que toman por nombre animales y objetos —caballo, buey, oveja; el martín pescador y el pato mandarín; «el dragón sin fin»—, y la lista se lee como una canción. Enseñar a leer con nombres era enseñar a la vez las palabras de la suerte: los caracteres que el niño aprendía eran primero los de «prolongar la vida», y después los de «bueyes y patos». El tramo cierra con una línea: «los nombres están dichos: hablad ahora de las cosas». A partir de ahí, el cuaderno cambia de cara.
Dichos los nombres, hablemos de las cosas
Las cosas empiezan por la tela y la ropa. «Túnicas y chaquetas, el forro y el exterior, cuellos curvos, faldas»; el abrigo recto, la prenda forrada, la acolchada y la plegada, los pantalones y los calzones. Más abajo vienen la ropa de una sola capa, el delantal que cubre la rodilla, los calcetines de tela, y las palabras de la aguja y el hilo, el remiendo y el ribete; los zapatos son otra retahíla, encabezada por «zapato y calzado ceremonial». Y antes de todo esto hay un largo tramo de sedas y colores: brocados, damascos, azules pálidos, gasas verdes, negros y morados, carmesí y escarlata. Un niño que terminaba este trozo había pasado revista al vestuario entero de su mundo.
Después, la comida. «Arroz, mijo paniculado, mijo glutinoso, mijo común, mijo descascarillado, cáñamo, arroz japónica»: una fila de nombres de grano. «Tortas, pastelillos de arroz, harina de trigo, caldo dulce de habas»; y las verduras y los condimentos, también en fila: malva, puerro, cebolleta, ajo silvestre, persicaria, perilla, jengibre; una especia (蕪荑), sal, habas fermentadas, vinagre, salsa. Más adelante, peras, caquis, manzanas silvestres y melocotones; dátiles, albaricoques y melones; y los dulces fritos y los jarabes de malta. El negocio de comer quedaba despiezado en granos, guisos, verduras, condimentos, fruta y dulces, y se memorizaba en ese orden.
Los recipientes son otro tramo. «Campanas y calderos de bronce», y toda la familia de las ollas y las cazuelas; «vasos de bambú, sombrillas, sombreros de lluvia, esteras y cestos»; «bandejas, mesas bajas, copas y cuencos»; «tinajas, orzas, palanganas, vasos anchos, ollas y jarras»; y más abajo las vaporeras y las vasijas de barro. Del bronce al bambú y al barro, pieza por pieza: recitar estos caracteres era como contar los trastos de una casa entera. El texto antiguo escribe un par de estas palabras con variantes gráficas que hoy no se usan; aquí se citan en la forma corriente.
La segunda mitad del libro cambia de materia: cargos públicos, formación de funcionarios, leyes y ordenanzas, geografía, enfermedades y remedios, sacrificios, cárceles. El capítulo tercero pasa por las levas militares, los vasos de bronce y de hierro, el bambú y la cerámica, y llega al sistema de cargos; el cuarto empieza con «acabadas todas las cosas, salen los cinco oficios» y sigue con la recitación de las Odas, el Clásico de la piedad filial, los Anales de primavera y otoño y el Libro de los documentos, las leyes y ordenanzas; con el canciller, los censores, los ministros, los generales y los marqueses; y también con «peleas, heridas y muertes, y los vecinos detenidos», «ladrones y presos, la vara en las nalgas». Termina en «la tierra de Han es vasta y todo lo contiene». Un libro para aprender caracteres iba de los cacharros de cocina al tribunal y a la cárcel: el camino de la lectura era también el camino por el mundo.
Quién lo aprendía y quién lo despreciaba
Yan Shigu, que anotó el libro en los primeros años de los Tang, dejó en su prefacio una frase muy franca: «Los humildes de puerta de mimbre, los niños de las aldeas pobres, se lo pasaban unos a otros y aun así competían por aprenderlo; pero como no tenían buen maestro, no hacían más que añadir errores». Y luego una línea más fría: «En cuanto a los señores de talento y a los hijos bien cebados de las casas ricas, lo tenían por vulgar y se avergonzaban de mirarlo». Un mismo cuaderno, dos actitudes en los extremos. Conviene decirlo claro: Yan Shigu era hombre de comienzos de los Tang y anotaba un libro ya viejo; lo que describe es una situación de larga duración, no la fotografía de un año de los Han.
Su lugar en un catálogo de libros
El capítulo bibliográfico del Hanshu Yiwen zhi (《汉书·艺文志》) lo archiva bajo xiaoxue (小学), el «estudio de los caracteres» —la filología, no la escuela primaria—: el Shizhou, en quince capítulos; el Cangjie pian (《苍颉篇》), en un capítulo; el Fanjiang, en uno; el Jijiu, en uno; el Yuanshang, en uno; el Xunzhuan, en uno; y el Biezi, en trece: «diez escuelas de enseñanza elemental, cuarenta y cinco capítulos». La nota preliminar dice: «En tiempo del emperador Yuan, el jefe de la Puerta Amarilla, Shi You, compuso el Jijiu pian (《急就篇》)». Dice también que «antiguamente se entraba a los ocho años en la xiaoxue», donde el Maestro de la Clase (保氏) del Zhouguan enseñaba a los hijos de los nobles las seis clases de caracteres, es decir, las seis maneras de formarlos y emplearlos. Más llamativo es el régimen de los primeros Han: «El gran escriba examinaba a los niños; quien podía recitar y escribir más de nueve mil caracteres podía llegar a ser shi (史), esto es, escriba, un funcionario menor —no un libro de historia—, y además se le probaba en las seis escrituras». Y: «cuando funcionarios o plebeyos presentaban un escrito y algún carácter no era correcto, se les denunciaba». Saber leer y escribir no era solo adorno de letrados: era una puerta para entrar en la oficina. El mismo capítulo anota que los maestros de aldea juntaron el Cangjie, el Yuanli y el Boxue en un solo cuaderno, cortando sesenta caracteres por capítulo, cincuenta y cinco capítulos: los que enseñaban en el campo se hacían sus propios manuales.
Los límites también hay que decirlos. Del autor solo puede escribirse «Shi You, en tiempo del emperador Yuan»; la nota del Hanshu Yiwen zhi lo llama jefe de la Puerta Amarilla, y de su vida no se sabe nada más, así que aquí no se le inventa una biografía. No fue el único manual: estaba junto al Cangjie, el Fanjiang, el Yuanshang y el Xunzhuan, y no debe presentarse como el manual unificado de los Han. De tasas de escolarización, de alfabetización, del número de escuelas, del precio de un ejemplar, de la matrícula y de los regalos al maestro no hay ni un dato. Las pruebas materiales de la escritura de los Han —los fragmentos del Jijiu hallados en Juyan y Dunhuang— serían excelentes, pero en esta ronda no se ha localizado una edición legible, así que quedan marcados como pendiente, no citar; ni se deduce hacia atrás, a partir de los manuales posteriores, cómo se enseñaba en los Han. Hay además una cuestión de texto: la versión que hoy se lee está llena de variantes gráficas, y en las citas de este artículo se usan siempre las formas corrientes, anotando la variante donde aparece.
Lo que pesa un libro de caracteres
No enseña moral, clasifica. Nombres en un tramo, telas y ropa en otro, comida en otro, recipientes en otro, y luego cargos, geografía, enfermedades, leyes; cada tramo con su rima, fácil de cantar y de retener. Al terminar, el niño conocía varios miles de caracteres y había pasado una vez por el mundo ordenado por clases. La frase con que Yan Shigu lo llamó vulgar acabó siendo su mejor epitafio: el libro viajó de los Han a los Tang gracias a la copia que hacían, generación tras generación, los niños de aldea «sin buen maestro»; y lo que el material conserva de ellos es una sola frase de desdén de un sabio de los Tang, ni el nombre de un solo alumno.
Fuentes y lecturas recomendadas
- 史游《急就篇》(西汉;颜师古注、王应麟补注;维基文库) — The word-list itself: the opening 'quick mastery of the strange tablet, a listing of the names of things and surnames'; a long run of personal names closed by 'the names are done; now speak of things'; then cloth and clothing, grain and vegetables and seasonings, bronze and bamboo and pottery vessels, and in the later chapters officials, law, geography and disease. Yan Shigu's preface: country children 'passed it around and competed to learn it', while gentry sons 'called it vulgar and were ashamed to look at it'. Yan was writing in the Tang about a book already old; his testimony is about its long use, not a snapshot of one Han year.
- 班固《汉书》卷三十·艺文志(小学类)(东汉;维基文库) — The catalogue placing the book: 'in the time of Emperor Yuan the Yellow Gate commandant Shi You made the Jijiu pian'; elementary works ten schools, forty-five chapters, with Cangjie, Fanjiang, Jijiu, Yuanshang and Xunzhuan side by side. Also 'in antiquity one entered elementary learning at eight' and the six scripts; and the Han statute by which the grand scribe tested boys who could recite nine thousand characters before they might become scribes, with writing tested in six scripts. Village schoolmasters combined the Cangjie, Yuanli and Boxue into one primer of fifty-five chapters.




